
El señor Pirelli, vestido con un singular traje de torero y deseoso de dinero, iba por la mugrienta calle Fleet buscando la barbería del señor Todd. Estaba acompañado por su inútil ayudante, del que en ese preciso instante, no recordaba el nombre. Maldita la hora en que lo recogió del hospicio. El chaval, con su rubia y maloliente peluca, era callado, acataba las normas sin rechistar y, aunque no lo reconociera, su subconsciente, mejor dicho, su estómago pedía a gritos algo de comer. ¡Estaba como un endemoniado esqueleto!
Al cabo de cinco minutos, la pareja llegó al establecimiento de la señora Lovett, donde el chico se quedó comiendo una de las asquerosas y vomitivas empanadas, acompañadas de una botella entera de Ginebra.
Mientras tanto, Adolfo Pirelli subía las rechinantes escaleras que conducían a la barbería de su viejo amigo Sweeney Todd...
- Hola, querido, si no le importa me gustaría recuperar mis cinco libras.
- ¿Por?
- Además de ese dinero quiero la mitad de sus ganancias de la barbería.
- ¿Quién se cree usted para pedirme eso?
- Jaja, ya veo que no me recuerda, pero yo a usted si, señor Todd, o, ¿debería llamarle Barker?
Benjamin Barker le miró con ojos desorbitados. Él era su antiguo ayudante en la barbería, Davey Collins.
- Umm...
- Creo que ya me ha sacado a relucir en su memoria. Yo era un simle empleado suyo, barría el suelo. Evoco cuando me sentaba aquí, soñando que algún día sería un respetado y famoso barbero. Ya ve usted que le conozco y no le interesa que el juez Turpin se enterara de quién es usted, ¿no?
De repente, comenzó a correrle por las venas una venganza y rabia que no había experimentado desde hace tiempo.
Entonces, Sweeney cogió lo primero que se encontró, una tetera de metal, y comenzó incansablemente a golpear la cabeza de ese rastrero hasta que vio que había muerto.
¡Maldición! Estaba subiendo por las escaleras el muchacho que acompañaba a Davey. Cogió a Davey por los brazos y lo arrastró por el suelo lleno de cucarachas y excrementos de rata hasta un baúl cercano.
- Hola señor, la señora Lovett es encantadora.
- Si, joven, baja a que te de otra empanada.
- No, lo siento pero tengo que esperar aquí a mi amo, si no me pega.
Un dedo de Pirelli se movió. Otra vez.
- Baja y seguro que la señora tiene más Ginebra para tí.
- ¡Vale!
Cuando se hubo asegurado de que el niño estaba en la planta de abajo con Nellie. Subió y abrió lentamente la tapa del arcón. Davey Collins se levantó forzosamente. Sweeney se inclinó con una de sus navajas para afeitar con empuñadura de plata. Pirelli aspiró el aliento final y contempló su último paisaje a través del ventanal. Un bonito crepúsculo bañado con la fuente de color rojo que brotaba de su cuello.
Lilauzer.
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