Aquel era uno de esos días. Uno de esos en que suena el despertador y quieres tirarlo al suelo. Uno de esos en que no tienes ganas de nada. Uno de esos en que sales de la cama, apoyas los pies en el suelo y se te hielan. Uno de esos en que tienes ganas de cambiar. Por eso, a pesar del frío aquel día me armé de valor y me puse un precioso vestido verde, vaporoso, ligero, etéreo. También me puse unas botas militares negras y, para no morir de hipotermia, una chaqueta de cuero, también negra. Salí a la calle con mi mochila puesta en la espalda y mis esperanzas puestas en el alma. Lo único que pude ver fueron sus ojos mirando al suelo. Tras volver siete largas horas después del instituto, con la mochila en la mano y las esperanzas perdidas en un momento entre las diez y diez y cuarto de la mañana, regresé a mi casa. Omitiendo comentarios parentales, entré a mi habitación y me metí dentro de la cama con las piernas moradas de frío y el corazón helado por el desaliento. Tuve la suerte de estar tranquila hasta que mis padres se fueron al trabajo y decidí dormir un poco. Al menos, durmiendo, es como si no existieras. Pero oscuridad no fue lo único que vi en mi sueño. Me vi a mí desde fuera. Vi mi extraña apariencia. Vi como andaba por una carretera desprovista de coches. Totalmente vacía (no la carretera, sino yo). Por mis mejillas corrían lágrimas cálidas que caían sobre el asfalto. Estaba sola. Sola. Sola. Seguí andando tiempo indefinido. Seguí andando hasta que sentí unos ojos fijos en mí. Sus ojos. Era una sensación extraña, ya que nunca antes me habían mirado así. Mejor dicho, ya que nunca me habían mirado. Esos ojos siempre habían encontrado algo más interesante que mirar en el suelo, la pared, en una chica más guapa, más lista. Pues ahora parecía que habían encontrado algo atrayente en mí. No quería que apartase sus ojos de mí. Pero sentía unas ganas irremediables de contemplarle. Antes de que me diese tiempo a pensar en más idioteces. Noté su dedo índice en mi barbilla intentando levantar mi cara triste. Con la otra mano me secó suavemente las lágrimas. Sin embargo, mi lágrima la sustituyó una gota de lluvia. De repente, comenzó a llover. A diluviar. El vestido se empapaba y se pegaba a cada una de las partes de mi cuerpo. Él colocó una mano entre mi pelo y otra en mi espalda. Se acercaba. Demasiado. Percibí su olor muy cerca. Cerré los ojos. Me desperté en mitad de la noche. Estaba lloviendo fuera. Por mis mejillas corrían lágrimas cálidas que caían sobre la almohada.



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viernes, 23 de diciembre de 2011 en 2:09 , 1 Comment