Y me permito respirar, después de haber estudiado durante los casi nueve meses de curso y haber acabado con buenas notas. Aspiro y expiro el aire, despacio, sin prisas, sin preocupación. Es domingo, aproximadamente las siete y media de la tarde. Ya no me importa el tiempo. Ya no me entristece que se acabe la semana, mañana ya no tengo que madrugar. Volvemos de la playa. Nunca me gustó, pero con él voy hasta el fin del mundo. Mi pelo húmedo y ondulado se va secando lentamente y se mueve por la corriente que entra por alguna ventanilla abierta. Él y yo vamos sentados en la parte trasera del coche. En la radio suena una vieja canción de amor. Comienzo a tararearla y sonrío, no puedo evitarlo. Apoyo mi espalda en la puerta del coche, y la cabeza, en el cristal. Estiro mis piernas y las apoyo encima de las suyas. Me acaricia y me sonríe. Y se ríe por lo mal que canto, pero aún así me dice tan sinceramente que le gusta cómo lo hago, que me lo creo, aunque si él me lo dijese, me creería hasta que naranjito ha cambiado el fútbol por el heavy-metal y se pinta las uñas de negro.
Me quedo mirando el paisaje, como hipnotizada y casi rozo la felicidad con mis dedos. Podría acostumbrarme a esto. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de que me está mirando, con sus ojos, con sus ojos verdes, aquellos que no me canso de mirar, aquellos que no puedo olvidar, aquellos que quiero.
Y así nos quedamos durante... no sé, mucho, poco, no me importa. Y, poco a poco, acerca su rostro al mio, cerramos los párpados y me besa. La siento. F-E-L-I-C-I-D-A-D.
Abro los ojos y vuelvo al presente. Es marzo. Ya llegará junio y, con él, el verano, la playa y la calma.
Y los besos.
http://www.youtube.com/watch?v=XlFOpw8tG7Y
Lilauzer.

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